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Luz Machado: Mirada que vigila lo efímero y lo eterno

Posted by Carmen Cristina Wolf en abril 19, 2014

Luz Machado: Mirada que vigila lo efímero y lo eterno.

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Rafael Cadenas: Templanza y honestidad de lenguaje

Posted by Carmen Cristina Wolf en abril 14, 2014

Por Carmen Cristina Wolf

La poesía pertenece a lo más íntimo, lo más sagrado, lo más tembloroso del hombre; no es asunto de frases bonitas (algunas veces es todo lo contrario)
Rafael Cadenas, entrevista publicada en El Nacional en 1966

Hace algún tiempo tuve la fortuna de asistir a un recital de los poetas Rafael Cadenas y Eugenio Montejo. Vivimos momentos inolvidables cobijados por la hondura de los versos de estos dos escritores venezolanos. Cadenas es poeta, ensayista, traductor y profesor de literatura. Es una voz poética lúcida, penetrante, que obedece a una visión del mundo fruto de un pensamiento profundo y de alcance universal.
Entre sus obras se encuentran Cantos iniciales (1946), Una isla (1958), Los Cuadernos del destierro (1960), Derrotas (1966), Falsas maniobras (1960), Anotaciones (1973), Intemperie (1977), Memorial (1977), Amante (1983), Dichos (1992), Gestiones (1992). Se han publicado varias Antologías de su obra y el Fondo de Cultura Económica publicó su Obra entera. Sus ensayos son referencia indispensable del pensamiento contemporáneo. Sus libros En torno al lenguaje y los Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística son objeto de estudios e investigaciones. Recibió el Premio Nacional de Literatura, el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, la Beca Guggenheim y Doctorados Honoris Causa de las Universidades Central de Venezuela y Los Andes. Recientemente ha recibido el Premio de la Feria Internacional del Libro otorgado en Guadalajara.

Estas líneas que ofrezco a continuación son apenas unas notas y una reflexión muy personal en torno a la visión poética que se revela en la obra del venezolano Rafael Cadenas. Acercarme a desentrañar algunos rasgos en su poesía es un ejercicio que emprendo con timidez, porque es asomarse a su alma. La lectura de sus poemas, escritos y entrevistas es un solaz para el espíritu. Comienzo haciendo mías estas palabras escritas a Rilke por Lou Andreas-Salome en 1914: “(…) empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor, no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio (…)” (Correspondencia, Hesperus 1989).
Así suele suceder con los poemas de Cadenas: pueden alguno de ellos ser como una pluma de ave que penetra sin ruido en mi ventana, otros rasgan silencios a tambor batiente, mas cada uno conduce a un reino de significaciones, y cuando creo haber agotado su sentido surge otro y otro; es una poesía que mueve los cimientos de lo habitual y nos lanza hacia las profundidades del misterio que somos.

El personaje

A pie descalzo y con un candil en la oscuridad suelo leer a los poetas cuyos versos dejaron de pertenecerles para volverse míos. Cadenas, a quien parece mp gustarle mucho que le llamen poeta, estará acostumbrado a ser “elucidado, disecado, menguado, enriquecido, exaltado y maltratado”, haciendo valer las palabras que escribe Paul Valéry sobre sí mismo en el Prólogo al Cementerio Marino. Por esta razón no quiero hablar de ese hombre pausado, de caminar distraído, a quien podemos encontrar subiendo la escalera hacia la Librería Macondo, o bajar los peldaños hacia Lectura, el Buscón o Alejandría. No me atrevería siquiera a asomar algún sesgo de su forma de ser, él que se confiesa aprendiz, siempre joven ante el hallazgo que es la misma vida. Dejo constancia de que a veces saluda con una secreta alegría y en ocasiones me parece que mira pero no me está viendo y hace un esfuerzo para saludar, como si no estuviera allí. Me pregunto entonces, ¿estará enojado, habré sido descortés? Otro día vuelvo a encontrarle sentado en un quicio a la espera de que abran las puertas de algún teatro y nuevamente sonríe enigmático, juvenil, y sus ojos café se vuelven claros como el color de su portafolio de cuero. Me recuerda unas líneas que leí siendo muy joven:
“(…) él había pensado más que otros hombres, poseía en asuntos del espíritu aquella serena objetividad (…) y sabiduría que sólo tienen las personas verdaderamente espirituales a las que falta toda ambición y nunca desean brillar, ni convencer a los demás, ni siquiera tener razón (…).” (El Lobo Estepario, Hermann Hesse). Me atrevo a agregar que Rafael Cadenas es un personaje distinto para cada uno de los seres humanos que le conoce y permanece siempre a contraluz, en los linderos del misterio, transformado día a día en la medida en que crece su obra. Su lenguaje se enriquece y se amplía la comprensión amorosa hacia el ser humano. Es lo que percibo en su poesía y siento que ninguno de sus poemas es prescindible, cosa poco frecuente en la obra de la mayoría de los escritores.
Su estar en el mundo inspira una gran paz, aunque a veces hay que sobreponerse a esos silencios suyos tan férreos y armarse de valor para osar romperlos. Él es apenas un postigo entreabierto, nada más un vértigo hondo de presencia, tan dado a marcharse y regresar intacto más cercano cuanto más distante. Atravieso las páginas de sus libros y me dejo caer al vacío, al fin y al cabo “florecemos / en un abismo.”
Y en lugar de elucubrar o suponer, prefiero atenerme a sus propias palabras, tomadas del libro Entrevistas (Ediciones La Oruga Luminosa, 2000) y de recortes de prensa. En Últimas Noticias el 26/06/02, a la pregunta ¿Cuál es su forma expresiva? él responde: “Escribo poemas en prosa”. Acerca de sus influencias, dice: “Durante un largo período la influencia principal fue de poetas franceses como Michaux, Rimbaud, Char. Después volví a la forma del verso libre.” (…) “De la India más que su literatura me ha interesado su filosofía clásica, el pensamiento que parte de los “Upanishads”. También me atrevo a adivinar en su obra la lectura atenta de Lao Tse, Chuang Tzu, Li Po.
Ante la interrogante sobre si la poesía debe tener un mensaje ideológico o religioso, Cadenas responde: “No. Lo que pasa es que lo que el poeta piensa se trasluce en lo que escribe. Si uno piensa en grande. Figuras como Dante, uno sabe que detrás de su poesía había un pensamiento filosófico, el de Tomás de Aquino. En el caso de Shakespeare se ha señalado sobre todo la influencia de los estoicos, especialmente de Séneca (…) Hay un vínculo entre filosofía y poesía aunque no se deben confundir ” (…).
En Conversaciones, traducción realizada por Cadenas a una selección de notas de Walt Whitman (Ediciones Monte Ávila Editores Latinoamericana 1994), se lee este fragmento de Whitman: “Bueno, está muy bien la cadencia, sí bastante bien; pero hay algo anterior, más imperativo. Lo primero que se necesita es el pensamiento (…) Soy muy reflexivo, me tomo mucho trabajo con las palabras (…) lo que persigo es el contenido, no la música de las palabras.” Encuentro en la poesía de Rafael Cadenas una tendencia parecida. No se pueden leer sus versos de un solo tirón, cada cuatro o cinco palabras suelo detenerme y busco dentro de mí su resonancia.

Desde Una isla a un destinatario desconocido

En el poemario Una isla el joven Cadenas escribe en 1960:

Si el poema no nace, pero es real en tu vida,
eres su encarnación.
Habitas en su sombra inconquistable.
Te acompaña
diamante incumplido.

Una existencia vivida con autenticidad puede ser tan o más poética que el poema mismo. Una isla se forja desde esta reflexión sin ser una escritura de tinte filosófico, porque emerge en la matriz luminosa del mar y ese esplendor acompaña casi todos sus poemas. Plantea la paradoja de la realidad y el lenguaje que la nombra, hasta el punto de considerar la existencia del hombre como una “sombra inconquistable” de lo real, que es el poema. Lo cual nos pone ante los ojos el antiguo interrogante de si la palabra crea las cosas o éstas surgen antes que el lenguaje. ¿O son inseparables la realidad y la palabra? A veces me atrevo a pensar que la esencia es la palabra y el origen de todo es el lenguaje. Me reconozco cautiva de los primeros versículos de Juan evangelista: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios” (Juan, 1, 1-2). Lo visible no es sino una sombra de aquello que ES, el poema supremo de Sí mismo.

Cuando se vive en una isla arrojado al desarraigo se está uno sometido a la caricia o a la garra de luces y sombras, doble visión que viene de lo alto y se refleja en las aguas. Por eso la luz entra a raudales en este poemario:
Muelle de enormes llamas / Navíos que viajan al sol / (…) Ciudad de corazón de árbol / (…) La luz golpea mendigos / (…)

Y la significación polifónica de los versos abarca el lugar donde se refugia un personaje femenino:
tú entras en la luz (…)
tú comienzas a recorrer el tiempo como un licor (…)
tu cuerpo es un arrogante / palacio / donde vive / el / temblor.

El amor transforma el exilio en libertad, porque cuando somos libres y estamos bien, poco nos damos cuenta de ello y se nos pasa la vida sin pena ni gloria, aferrados a la rueca de los hábitos que nos convierten en máscaras de mueca inmóvil:
El amor nos transforma… el pobre carcelero se creía libre porque cerraba la reja, pero a través de ti yo era innumerable.
(…) El amado pronuncia el encantamiento que cubre una zozobra.

Mas el poeta advierte que nada ni nadie en este mundo es para siempre y hay que partir de todo en cada instante:
No hay luz que nos enlace
(…) nuestras fiestas convertidas en fogatas / que avientan su ilusorio mediodía.

En el exilio del alma los pequeños detalles salvan de la desolación, aun en la más triste de las separaciones: “El exiliado deplora las patrias / Rehuye escisiones. Se encamina hacia el instante”. Siempre lo acompaña un diamante incumplido: la libertad de poetizar.
En su obra intuyo una observación rigurosa de su propio espíritu, así como de los pequeños sucesos cotidianos, como por ejemplo, escuchar las voces infantiles de los niños de la casa pidiendo un helado o salir a comprar el periódico. Encuentro una síntesis de la existencia y su valoración, una visión del hombre acerca de sí mismo, de sus vivencias, una conmovedora comprensión de sus propias marchas y contramarchas, y una prontitud esencial en el uso del lenguaje.
Visión que siempre será una visión parcial, pues ningún ser humano puede aquilatar la verdadera dimensión de otro ser, que es infinita.

Cuadernos del destierro

“Busca tu alma, ámala, tócala, cultívala”, escribe Rimbaud en su Carta del Vidente. Percibo en la poesía de Cadenas a un ser que se adentra en profundidad en su condición más íntima y la desviste de eufemismos:
Yo, envés del dado, relataré no sin fabulaciones mi transcurso por tierra de ignominias y dulzuras, rupturas y uniones, esplendores y derrumbes. (Del libro Los Cuadernos del destierro 1960)
El que observa sin velos la caída de sus propias máscaras anhela imperiosamente “ver” su verdadero rostro. ¿Quién soy, cuál de mis yoes es el que es?:
(…) Un día comenzó la mudanza de los rostros (…) todos escenificaban una danza de posesos sobre mis hombros (…) Mi rostro ¿dónde estaba? Debí admitir, tras dolorosa evidencia, que lo había perdido.
Revela el desconcierto de quien despierta en una irrealidad habitada por cientos de espejos deformantes y no sabe cuál de todas esas imágenes es la verdadera. Estos versos que desgarran sin piedad a Cadenas me hacen pensar en las palabras de Rimbaud en su Carta del Vidente:
“El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, entero; busca su alma, la inspecciona, la tantea, la aprende. En cuanto la conozca, ¡debe cultivarla! (…) El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desajuste de todos los sentidos.” (…)

Falsas Maniobras

Cuando he vivido la experiencia de un fracaso me siento más cerca que nunca de mi ser. De los triunfos poco aprendí, ellos me alejaron del encuentro con lo insondable que se esconde más allá de la apariencia. Por eso me conmueve el poema Fracaso del libro Falsas Maniobras. Es la extraña y honda hermosura que siento en unos versos traspasados de lucidez:
Cuando ponías tu marca sobre mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías, más precioso que todos los tiempos.
Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para salvarme
(…) Gracias por apartarme.
Cuando el hombre se sumerge en su propia soledad surge el poema, bien sea hecho de palabras o de sangre. “¿Quién sabe de la Noche?”, escribe Juan Liscano en el primer poema de Nuevo Mundo Orinoco. ¿Quién sabe de la desolación y del abatimiento a muerte, del fracaso absoluto sino aquel que lo padece?

En el vórtice del torbellino más negro puede asomar un celaje de esperanza. Por eso me gusta el poema Beloved Country, con su arcoiris de sentidos, porque según sea el estado del ánimo de quien lo lee, significa el canto nupcial con el “sí mismo”, o la llama del encuentro con el amado (a), o tal vez el regreso al núcleo de la tierra, o también el reencuentro con la palabra que se había negado a regresar al poeta en su abandono:
Cuánto tuyo no se desenvuelve como música perdida en mí.
País al que regreso cada vez que me he empobrecido.
(…)
Nunca me has negado tu leche de virgen.
Mi reflujo, mi fuente secreta, mi anverso real.
Ignoro el alcance de tu olor de especia, pero sé que has estado en todos mis puntos de partida, envolviéndome. Oriente solícito, como una ceremonia.
País donde van las líneas de mi mano, lugar donde soy otro, mi anillo de bodas. Seguramente estás cerca del centro.
Este poema me trae el lejano aroma de la raíz que tiene sed de beber en la fuente de la vida y se hunde al fondo de la tierra en búsqueda de la madre, amante, esposa y alma en exilio. Que no otra cosa es estar en este mundo más que un exilio del alma que ha sido apartada temporalmente de la palabra que la creó.

Intemperie

Del poemario Intemperie me cautivan estos versos:
Hazte a tu nada
plena.
Déjala florecer.
Acostúmbrate al ayuno que eres.
Que tu cuerpo se la aprenda.
(Poemas selectos, p. 68)

Esta referencia trae a mi mente los versos sobre la “Nada” leídos en el libro “La Nueva Tierra” del hombre nuevo (Ediciones Custodia de Tierra Santa, 1977):
La “Nada” es lo más cercano al Ser
y es lo que somos:
somos “Nada”.
La “Nada” está más allá del pensamiento,
ella está por encima del entendimiento.
Por tanto, no se llega a ella por el conocimiento,
sino por la “renunciación”.
Para llegar al Ser hay que dar un salto
en el vacío,
ese “vacío” es la “Nada”.

En casi toda la poesía de Cadenas y sus escritos en prosa, como los Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística se percibe un desprendimiento para alcanzar la sabiduría en la más absoluta sencillez, sin pretender ser moralizante, lejos del culto a la personalidad. En la flaqueza y sobre todo a través de ella se roza el borde del amor, en la mayor indigencia se siente la intensidad de lo hermoso, ese “diamante incumplido” que se haya detrás del espejismo de la nada.

Amante

Como si no se pudiera respirar, en un ahogo, en asfixia casi mortal se vive cuando se está lejos del amado(a). Nada interesa al cuerpo, todo es baratija, remedo de vida cuando él o ella no ama o no sabe que ama:
¿Cómo pudiste vivir
de la idea
que la ocultaba,
con un sabor
que no era el de ella,
huyendo
de su aparecer
que era también el tuyo? (Del poemario Amante)

Cuando se está lejos de la presencia amada el mundo se desdibuja, pierde peso, se regresa al bosquejo, a aquello en el anhelo bosquejado. Únicamente importa él o ella, su latido, su respiración. Quien se enamora está dispuesto a traer, como escribe Emily Dickinson “rosas de Zanzíbar / abejas por millas, / desfiladeros azules / ejércitos de mariposas.” Ningún elíxir calma la sed ni cura el mal; apenas se respira y el pulso se suelta a latir sin concierto porque uno se quiebra y es capaz de lo imposible. Es el enamoramiento sin correspondencia una semilla de la más loca imaginación, lo imaginado sobrepasa casi siempre a la realidad, es más atrayente porque no se transforma en concreciones que suelen no cumplir el ensueño. Muestra de ello la pasión del Quijote por su adorada Dulcinea del Toboso, ejemplo de la hermosura y el encanto que el propio Quijote inventó en su pensamiento y en su corazón.

El dolor del amor ausente no desaparece sino con presencia tangible:

Llegas
no a modo de visitación
ni a modo de promesa
ni a modo de fábula
sino
como firme corporeidad, como ardimiento,
como inmediatez.
(Amante)

La realidad refleja casi siempre un solo lado de las cosas, y si nos damos vuelta, el espejo, con esa terquedad tan lógica de su sino, continuará revelando tan solo el otro lado del ser. Así también, los otros reflejan nuestro rostro empañado por sus ideas predeterminadas sobre cómo se imaginan que somos, o cómo quisieran que fuéramos.
Nadie logra conocernos absolutamente. Sólo existe un ser que en un instante es capaz de ver, sentir, saborear y saber cómo somos. Debiera decir, más bien, qué somos, quiénes somos:

Eludías
el encuentro
con el tú
magnífico,
el que te toma
y te anula como tempestad
y de ti arranca al que busca
(Amante)

El amante posee por entero nuestra imagen y nos la devuelve intacta, íntegra, plena de toda plenitud. Nos entrega también algo más que antes no éramos, porque habíamos sido fragmentados, porque cuando llegábamos a ser, no había espejo que nos contemplara, ni había cáliz que contuviera nuestra sangre toda.
Después de haber vivido la experiencia de la otredad salvada y vencida por lo inexorable, el amor, que se revela por encima de cualquier pensamiento, de cualquier medida, el hombre se encuentra íntegro ante sí y adquiere la “conciencia cósmica que nace de una compenetración del fondo más profundo del individuo con la vida de todos los seres y con el universo”, esa conciencia a la cual se refiere Rafael Cadenas en el prefacio a su traducción de algunos fragmentos de Walt Whitman (Conversaciones). Me gusta pensar que cuando Cadenas se refiere a esa “conciencia cósmica”, se describe también a sí mismo.
Y el poeta deja de verse separado, fragmentado, solo de toda soledad, porque posa el pie en la experiencia única, irrepetible, imborrable de ser uno con la vida, de ser vida en la Vida.
No es el éxtasis de los amantes la única vía del encuentro con la totalidad. Recordemos a San Juan de la Cruz: “Sin arrimo y con arrimo / sin luz y a oscuras viviendo / todo me voy consumiendo. / Mi alma está desasida / de toda cosa criada / y sobre sí, levantada / y en una sabrosa vida / sólo a su Dios arrimada”. La agonía y el éxtasis del fraile Juan florece en la unión con el Amado.

Voluptuosa experiencia irreversible, “restaurada inocencia”, florecimiento “en un abismo”, el abismo del ser. Cadenas invita a “Vivir / en el sabor de ser”.

/…

Y nos hace una confesión:
Sólo he conocido la libertad por instantes, cuando me volvía de repente cuerpo. Manera de decir, con prontitud de lenguaje, haber encontrado un rostro ajeno que lo refleja íntegro y le permite ser con absoluta libertad, porque decir cuerpo es decir un todo, es no estar escindido en esas incómodas, a veces penosas categorías del cuerpo y el alma.
Versos que ya son míos y de todo aquél que sea tocado por ellos. Palabras que conducen al resplandor, magnífico y terrible, de entregarnos al abrazo del origen:

Y ella lo obligó a la más honda encuesta,
A preguntarse qué era en realidad suyo.
Después lo tomó en sus manos
Y fue formando su rostro

y lo devolvió a los brazos del origen.

(Amante)

Importancia del lenguaje

En 1984 Cadenas escribe: “(…) La situación de deterioro que he descrito de manera muy sucinta tiene graves consecuencias para el venezolano. El desconocimiento de su lengua lo limita como ser humano en todo sentido. Lo traba; le impide pensar, dado que sin lenguaje esta función se torna imposible; lo priva de la herencia cultural de la humanidad (…) lo convierte en presa de embaucadores, pues la ignorancia lo torna inerme ante ellos y no lo deja detectar la mentira en el lenguaje” (…) Nunca como hoy tiene validez esta aseveración, cuando la falsedad se extiende cada vez más en casi todos los ámbitos.
Estamos ante una de las reflexiones más importantes contenidas en este libro. Un lenguaje deficiente y empobrecido hace a un pueblo esclavo de la ignorancia. Con frecuencia recuerdo las palabras del profesor de Fonética Higgins, personaje de la obra Pigmalión de Bernard Shaw, que se conduele amargamente de la joven vendedora de flores por su “espantosa” manera de hablar, con graves errores en la pronunciación del idioma inglés. Él asegura que si tuviera ocasión de enseñarle a expresarse correctamente, la joven se convertiría en una dama capaz de ser la dueña de una floristería. No es asunto de afincarse en el sentido utilitario de dominar una lengua, más bien se trata del dolor que causa el incomprensible desprecio por aquello que nos es más ínsito. No amar el lenguaje es dejar de amarnos a nosotros mismos.

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Teresa de la Parra, en busca del tiempo encontrado

Posted by Carmen Cristina Wolf en enero 23, 2011

TERESA DE LA PARRA, EN BUSCA DEL TIEMPO ENCONTRADO

Por Eduardo Casanova

Teresa de la Parra (Ana Teresa Parra Sanojo, nacida en París en octubre de 1889 y muerta en Madrid en 1936), no fue la primera novelista venezolana. Ni siquiera fue la primera escritora venezolana. Ess posición le corresponde a Zulima (Lina López de Aramburu), que en 1885 publicó “El Medallón”, en 1889, año en que nació Teresa, publicó “Un crimen misterioso”, y en 1898 “Blanca; o consecuencias de la vanidad”. Pero la posición en las letras venezolanas, americanas y mundiales de Teresa de la Parra va mucho más allá. Domingo Miliani, uno de los más serios investigadores de nuestra literatura, la relaciona con Marcel Proust (1871-1922), Franz Kafka (1883-1924) y James Joyce (1882-1941), es decir, con lo más alto de la novelística mundial de su momento. Fueron suficientes dos libros –afirma Miliani– para que su proyección en la historia de nuestra narrativa emergiera, casi insular, en un arte de la ironía finísima, del humor piadoso ante una sociedad en declive, tratada en tono de añoranza vivencial, con un tiempo lento y perdido, que la aproximó, a los ojos de una crítica más moderna, al nombre de Marcel Proust. José Rafael Pocaterra, en su revista de narrativa, La lectura semanal, había insertado en 1922, un fragmento de Ifigenia, “diario de una señorita que se fastidia”. Dos años después, aquella novela obtuvo un premio de novela en París. Su nombre era casi ignorado hasta ese momento. Vino la crítica, elogiosa. Llovieron las entrevistas y las declaraciones de prensa. Una de ellas, la colocaba como simpatizante del gomecismo y entonces, también supo del escarnio y la negación. Pero la obra, impecable, profunda, crítica de la burguesía provinciana [95] de Caracas, perduró y rompió esquemas y estereotipos. (…) En 1929, su segundo libro, Memorias de mamá Blanca completó el cuadro, menudo en número, cuantioso en hallazgos, de un relato hecho para quedar como un clásico de nuestra mejor literatura moderna. La novela europea escrita por los mismos años en que Teresa de la Parra escribía las suyas, había eliminado ya el proyecto de narrar una historia dentro de tina cronología lineal. Irónica y poética, la novela ahora comienza a “Evocar, en vez de contar, saborear en los hechos la emoción que ellos llevan en sí, más que la lógica de su encantamiento” (…) Ese fue el legado de Teresa de la Parra a la novela venezolana, como fue el de Gide, Rilke, Barres, o Valery Larbaud a la novela europea de los mismos años. Un mundo que Proust había de resumir y agotar en sí mismo. Y en realidad, Ifigenia y Memorias de mamá blanca, son, por sí solas, suficientes para poner el nombre de su autora en la cumbre de la novelística nuestra e hispanoamericana en general.
Nació la novelista en París, en donde sus padres (Rafael Parra Hernáiz, representante diplomático de Venezuela en Berlín, e Isabel Sanojo de Parra) se encontraban de paso. A los dos años se estableció con sus padres en la hacienda de la familia, “Tazón”, que era entonces la salida de Caracas hacia los Valles del Tuy (y volvería a serlo en la década de 1960, cuando se abrió la Autopista Regional del Centro). Con la legada del siglo XX murió su padre, y su madre decidió ir a vivir a Europa. La niña entró a un colegio de monjas, el Sagrado Corazón de Godella, en tierras de la Valencia original, en España. Allí empezó su formación literaria, especialmente por su interés en la poesía. En 1909 ganó un premio por unos versos dedicados a la beatificación de la Madre Magdalena Sofía Barat. Un año después se establecieron en Caracas, en pleno centro, a poca distancia de la Plaza Bolívar (Torre a Veroes). En 1915 publica sus primeros cuentos fantásticos. En El Universal y en Lectura Semanal (Un evangelio indio: Buda y la leprosa, Flor de loto: una leyenda japonesa, El ermitaño del reloj, El genio del pesacartas y La historia de la señorita grano de polvo, bailarina del sol), con el seudónimo “Fru-Fru”. En Actualidades, la revista de Rómulo Gallegos, aparece en 1920 Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente, que no es en realidad un Diario, sino una obra de ficción, precursora de Ifigenia, su primera gran novela, editada en español y francés en 1924, con la que estrenó su seudónimo Teresa de la Parra, y que le valió en París, a donde se había mudado en 1923, el primer premio del concurso literario del Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa. Y además la fama, no sólo en Venezuela, sino en los círculos literarios europeos. En ese tiempo se acercó a otra de las grandes estrellas de las letras hispanoamericanas, Gabriela Mistral. Viajó por Cuba, Estados Unidos, Colombia, y dondequiera fue recibida en forma apoteósica. En 1929 publicó su segunda novela, Memorias de Mamá Blanca, escrita en Vevey, Suiza, y en 1931, luego de recorrer varios sitios en plan de auténtica estrella de las letras, se instaló de nuevo en Europa. Las costumbres sociales de su tiempo, especialmente las de su país, le impidieron tomar el camino que su sexualidad le pedía, y en el terreno sentimental se limitó a mantener una relación más de afecto y amistad que de amor, con el gran escritor y diplomático ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide (1884-1965). Por los problemas pulmonares que la se le manifestaron poco después, buscó la curación en las montañas Suizas, tal como los personajes de La montaña mágica (1924) de Thomas Mann (1875-1955), pero la situación política de Europa la compelió a buscar otros paisajes. Finalmente la tuberculosis acaba con su vida en abril de 1936, en el Sanatorio de La Fuenfría, ubicado en la Sierra de Guadarrama, no lejos de Madrid. En sus últimos momentos la acompañaron su madre, su hermana, María, y su gran amiga cubana Lydia Cabrera (1899-1991), que le dedicó su obra fundamental: Contes nègres de Cuba, editados por Gallimard ese mismo año. Había empezado una biografía de Simón Bolívar que no concluyó. A pesar de la altísima calidad de la literatura escrita por mujeres venezolanas, Teresa de la Parra siempre se destacará entre todos los escritores venezolanos de todos los tiempos.

*Eduardo Casanova, novelista venezolano, ensayista, biógrafo y editor de la Revista digital Literanova

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Puentes a la Paz, por María Ysabel Novillo

Posted by Carmen Cristina Wolf en diciembre 1, 2010

“Para evitar ser heridos levantamos muros,
Que quien construye muros no logra nada.
Que casi todos somos albañiles de muros,
Que sería mejor hacer puentes….
Que desde ellos se va a la orilla
Y, también, se vuelve….”
Mario Benedetti

Quiero comenzar contando para ustedes un recuerdo. Algo pequeño, un detalle sin importancia en una librería de Caracas. Muchos seres del mundo de la cultura y las artes allí reunidos. Entre ellos, a mi lado, el poeta Rafael Cadenas. Cerca, una gran estantería de libros recién editados, novedades editoriales, de diversas disciplinas. Entre ellos uno, grande, llamativo en su portada “La cultura de la violencia” o algo así, muy parecido, que juntaba esas dos palabras “Cultura” y la otra.
Me mira, entonces, Cadenas -quien ha dejado siempre en claro que cada palabra debe llevar lo que dice, ser la concordancia entre la cosa y lo nombrado – y, señalando el libro, profiere, con tono de disgusto:
“ ¿Crees que esas dos palabras pueden estar juntas? ¡Que tienen que ver una con la otra! ¡Son lo opuesto una de la otra! ”

Así, quisiera empezar diciendo que no se puede esperar otra cosa de la CULTURA que no sea servir de puente hacia una paz activa y constructiva. Lo contrario, sería barbarie.

Los escritores -especialmente los poetas- son arquitectos de palabras. Constructores en varios sentidos: la obra de los ojos, es decir, la que se hace para ser leída por otros, y la del corazón, que es una actitud guíada por cierta calidad de sentimientos y pensamientos. Un alma dando un poderoso flujo de fuerza mental que sostenga un puente de luz y verdad con planos que hablen menos y realicen mayor decreto interior, mayor hecho pequeño cotidiano. Verdadera paz en sus entornos. Vivir en lo pequeño con belleza. No escribir sobre la Paz, sino encarnarla.

Se da el hecho “cultural” de que la mayoría del arte que se compromete con la Paz, lo hace desde la muestra de los hechos de violencia y guerra. El cine, la plástica, mucha literatura está re-energizando el hecho violento al llevarlo ante muchas miradas. Quizá de esta forma, que es denuncia, también se da una retroalimentación de los mismos elementos.

“La obra de los ojos ya está hecha, hagamos ahora, la del corazón” según decía Rilke.

Por ello, la emisión de ideas y de pensamientos, llevados al poema, al lienzo, a la pantalla, al hecho creador, cualquiera que este sea, son un poderoso puente de energía mental y emocional para modificar condiciones en el entorno. Se dice siempre, pero sería bueno sentirlo como una verdad: la energía sigue al pensamiento.

Sin embargo, la forma en que manejamos nuestra “cultura interior” nuestros hechos íntimos, personales, son los que determinan, en definitiva el mundo que nos rodea, el aire que nos envuelve. Nuestro nivel de obra.
Cito fragmentos de un poema de Rafael Arráiz Lucca, que ejemplifica, el hecho de la toma de consciencia en circunstancias donde quizá otro poeta, otro escritor, otro personaje, dejaría definida una situación de violencia, sin duda con anhelo de ejemplificar el daño del belicismo. Aquí, sin embargo, el texto de Arráiz Lucca libera, verdaderamente , una comprensión de paz a sus lectores. Una toma de parte y de voluntad decisiva, electiva, de quien siendo portador de algo letal, logra –por ejercicio de libre albedrío- ser un instrumento de valentía para no cumplir órdenes dictadas por el error y afianzar la humanidad clemente.
“ Pero Gunther sabía que en cualquier momento la orden de despegar sería para él y ya no habría otro horizonte que alzar vuelo y lanzar las bombas. Allí estaba en la sala de espera de los pilotos sin saber cómo ni cuándo sus días grises lo habían encallado en este oficio económico de lanzar una bomba. Veintitrés años tenía y le gustaba remar en el río que pasaba por detrás de las casas de su pueblo.
/…/ Sabía que matar no era cosa de niños, pero él mismo había escogido la gloria de ser piloto.Tampoco nadie lo enroló en el ejército.
/…/Caminó hacía el bombardero, hizo girar las hélices y se fue a dejar en escombros la ciudad del enemigo. Estamos en guerra, murmuraba, en aquél pájaro mensajero de las peores noticias.
/…/ Cuando ya el objetivo era inminentey tan sólo se esperaba de él apretar un botón.
/…/ No pudo Gunther oprimirlo /…/ se fue al mar y descargó las bombas sin estropicio.
Alzó vuelo y regresó a su base como si hubiera cumplido la faena.
(Del poemario Poemas Ingleses, Las Bombas)

,
Quizá todo para la humanidad dependa de esas decisiones personales, solitarias y voluntarias. La sagrada importancia de lo pequeño, de las decisiones que quizá nadie, sólo el propio corazón, llegue a saber.
Pensemos en que por un momento, sólo un instante a nivel planetario, en que cada persona, uno, individual, se negara, por principio de humanidad, a ejercer daño sobre cualquier otro ser. ¿Qué pasaría? Un sólo instante de Paz, ¿a qué daría paso?. Qué muros caerían en esa fracción mínima de tiempo?
Porque, ¿Qué es más profundo en los humanos?
¿Su servilismo, su miedo, su incapacidad de ser quien es, de ser sí mismo, de dejar de ser esclavo de las decisiones de otros, o su violencia? Quizá nuestro nivel evolutivo aún nos impide dar respuestas totalmente nobles a ciertas cosas.

Dicen las místicas orientales que en algún momento el ser humano servirá de puente. Que hay un puente. El Puente de Antakarana.

Nos concierne el intento. Concebirnos como puentes cambiará nuestros muros. Modificará el objetivo de nuestra fortaleza y de nuestro anhelo de servicio. Como árbol de Luz florecerá la Cultura, esa Dama, y por sus ojos -como por los ojos de Beatrice- según decía el Dante, en la Vida Nueva, fluirá lo único necesario:

“ En los ojos lleva mi Señora a Amor
Y, por ello, se ilumina todo lo que ella mira”

Maria Isabel Novillo

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Enriqueta Arvelo Larriva

Posted by Carmen Cristina Wolf en agosto 17, 2009

Por María Cristina Solaeche
Cada palabra, el perfil de la voz de un silencio a semejanza de una soledad.

María Cristina Solaeche Galera

Como si fueran sombras de sombras que se alejan las
palabras,
humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas
del silencio.”
Olga Orozco

Enriqueta Arvelo Larriva, nace el 22 de marzo de 1886, en Barinitas, un pueblo enclavado donde se enlazan el piedemonte andino y el llano, al norte del estado Barinas, en Venezuela.
Su padre, Don Alfredo Arvelo, hombre de Fundo y de “a caballo”, y su madre, Doña Mercedes Larriva, maestra de escuela, con quien aprendió las primeras letras, conformaban junto a sus cinco hijos, una familia con vinculaciones políticas adversas al régimen del sátrapa Juan Vicente Gómez, y venida a menos por los atropellos y vejámenes de quien dictatorialmente se adueñó de Venezuela durante casi tres décadas.

Huérfana desde muy niña, pues muere su madre cuando la poetisa apenas contaba los cinco años:
(…) iba a gusto
tras el cabello recién bañado de mi madre.
Amaba a mi madre,
mas a veces ella era para mí
sólo una palidez nimbada. 1

Influenciada en sus inicios poéticos por su abuela materna “mamá Florinda”, y después, por su tía Atilia Torrealba Febres Cordero, reconocida poeta en esa tierra llanera, quien le enseñó las reglas básicas de la versificación y la motivó a escribir sus primeros versos.
Fue, una vehemente autodidacta de las lecturas de los poetas del Siglo de Oro Español: Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, y de los poemas del poeta nicaragüense Rubén Darío, que publicaban los periódicos de Caracas. Motivada por su hermano, nuestro esclarecido poeta modernista y revolucionario, Alfredo Arvelo Larriva, quien sembró en su espíritu según palabras de Luis Beltrán Prieto: “esa agónica sed de los poetas, que ven pasar el río y no mojan sus labios, sino que van al fondo a rescatar luceros.”
En febrero de 1930, la poetisa decide visitar la Capital por vez primera, regresando al Llano poco tiempo después, con un mayor entusiasmo en la poesía.
El 8 de agosto de 1931, se crea el Ateneo de Caracas, allí, en la planta alta de una casa, ubicada de Marrón a Cují, en el Nº 43 de la Avenida Este, propiedad del general Vicencio Pérez Soto; corriendo el riesgo que significaba intentar fundar cualquier tipo de asociación, dada la represión continua que ejercía la dictadura del Bagre por temor a la “conspiración”, un grupo de mujeres convocó a un número considerable de personalidades y artistas, sin obviar siquiera a las familias vinculadas con el poder, a la fundación de lo que pronto llegó a considerarse como la República Libre de los Intelectuales; y dentro de sus actividades destacará posteriormente, la participación de Enriqueta Arvelo Larriva.
En 1934, muere su amado hermano Alfredo Arvelo Larriva, el 13 de Mayo en Madrid; y cuando son repatriados sus restos en 1949, la poetisa publica una excelente nota biográfica “Alfredo Arvelo Larriva – Noticias de su Vida y su Obra”.
En 1939 edita con la Asociación de Escritores Venezolanos, su poemario “Voz aislada”, es el primero que publica, pero, el segundo que escribe.
En junio de 1941, obtiene el premio en el Segundo Concurso Femenino Venezolano, promovido por la Asociación Cultural Interamericana, con el primer poemario que escribió: “Cristal nervioso: poemas”, y un jurado conformado, por Carlos Eduardo Frías, Ada Pérez Guevara y Pedro Sotillo.
En 1942 escribe “Poemas de una pena”, una elegía a la muerte de su padre.
Desde 1945 hasta 1947, ejerce breves cargos políticos como Diputada a la Asamblea Legislativa del Estado Barinas y como Diputada Suplente de la Asamblea Constituyente en 1947.
A partir de 1948, se radica definitivamente en la capital, Caracas, lo que le permitirá estar en permanente relación y vigorizar sus vínculos con reconocidos representantes de la intelectualidad venezolana.
En 1949, edita el poemario “Canto de recuento”, como un homenaje al regreso de los restos de su hermano Alfredo Arvelo Larriva a su patria, Venezuela.
En 1957, publica su quinto poemario “Mandato del canto: poemas” y recibe por esa obra, el Premio Municipal de Poesía.
Y, el 10 de diciembre de 1962, muere en Caracas, a la edad de 76 años, como había vivido, en soledad, acompañada solamente de la voz de sus poemas.
En 1963, las Ediciones de la Presidencia de la República del gobierno de Rómulo Betancourt, edita póstumamente su último poemario “Poemas perseverantes”.
Enriqueta Arvelo Larriva, publicó también algunos de sus poemas en el semanario Patria y Unión de Barinas, y en periódicos locales y regionales como El Impulso de Barquisimeto y El Diario de Carora; en Caracas, en El Universal, donde aparece en las primeras páginas de las novedades literarias y, en el “Papel literario” de El Nacional. Mantuvo también, un hermoso epistolario con poetisas del prestigio de la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou.

Este ensayo: “ENRIQUETA ARVELO LARRIVA: Cada palabra, el perfil de la voz de un silencio a semejanza de una soledad.”, es, ese su viaje al universo interior de su soledad, de su silencio, de su voz y del afecto de un amor postergado, constantes poéticas en su obra lírica, y que motivaran subyugantes poemas.
La poetisa, se adelanta a su tiempo, más allá de las vanguardias literarias, es la primera voz de mujer que se singulariza en el devenir de las letras líricas venezolanas; en el contexto de una desolación intelectual para la mujer, ella logra entretejer esa su voz, esas sus ausencias, a través de las hendijas que pasan desapercibidas para el resto de un país con una atávica visión androcentrista; imponiéndose como mujer, esquivando el destino que le atañía, y trasgrediendo la “normativa” de las leyes patriarcales y religiosas:
“Buena o mala, voz es lo único que tengo”
En una Venezuela hasta esos momentos, donde la dignidad de la mujer la ponderaba él, el hombre, “asignándole” su status, imponiéndole las limitaciones de los patrones de una “vida social”, inhibiéndola de casi todas las manifestaciones “culturales”, permitiéndosele tan sólo acceso a una mínima fracción de la “herencia de la vida”. Aún así, aún a pesar de ese lastre, se eleva su voz desde la provincia, desde el llano y luego desde la capital, su por ella misma llamada “voz aislada”.
De esta sensibilidad, de esta audacia, de este culto a la voz del silencio, de ese ceñir su palabra a los predios de la poesía, jamás, antes de Enriqueta Arvelo Larriva, habían tenido versos así, eco femenino en los reacios oídos masculinos:
Gracias a los que se fueron por la vereda oscura
moliendo las hojas tostadas.
A los que me dijeron: espéranos bajo ese árbol.

Gracias a los que se fueron a buscar fuego para sus cigarrillos
y me dejaron sola,
enredada en los soles pequeños de una sombra olorosa.
Gracias a los que se fueron a buscar agua para mi sed
y me dejaron ahí
bebiéndome el agua esencial de un mundo estremecido.
Gracias a los que me dejaron oyendo un canto enselvado
y viendo soñolienta los troncos bordados de lianas marchitas.

Ahora voy indemne entre las gentes. 2

El deseo de imprimir su huella precursora, la trama de su phatos, su tono poético abierto a los vértigos del alma, con el acento desesperado de sus aires atestados de silencios e íntimas revelaciones, de amparar su soledad con su voz tan propia, cultivada apasionadamente con un lenguaje henchido de acordes, conjurando el vacío, buscando darle encantamiento, en latidos que convidan a una sublimación absoluta donde su imaginación creadora se encierra para mostrarse en el eco de su entelequia, con versos de una franqueza que estremecen:
En el aire ancho y aromado ha ido sola mi voz.
En vano busqué ansiosa.
Todas las voces se han ido.

Ahuecaba mis manos y lanzaba mi voz.
Y salía a recogerla. Yo misma.
Qué dolor desolado, agrupadas voces,
el de no tener la voz compañera.

En el ámbito soleado y ciego,
en la zona sin voces,
sobre la grama desmandada,
he ido presente por caminos que no me oían. 3

Para ese momento histórico en la “Patria Literaria”, Enriqueta Arvelo Larriva, es la pionera, la primera voz poética que se alza surgiendo de las hondonadas recónditas del alma femenina, y lo hace, desde los espacios donde ocurren los encuentros consigo misma, tamizando su soledad, descifrando lo incomprensible y enigmático del silencio que la rodea y abruma, intentando dar voz auténtica al duelo por la entrega amorosa aplazada y los frutos de ese apego menguando con ella, en poemas trémulos de amor y “confesionalidad”:
Quiero saber, hombre lejano que me llevaste
por una ribera muy tuya para mí desconocida,
si en un paso de insomnio
tus pájaros briosos y relucientes
picaron en las moras zumosas de mi soledad.

Si me sentiste allí,
en la espesura de tu bosque sumido,
como hoja soterrada,
como liana sin anillo,
como brisa curiosa
castigada en cárcel pavorosa y oscura.

Si me aspiraste en el último humo de la tarde
o si pasé despertándote por tu más raro amanecer.
(…)
Dime si me tomaste como canción de sueño
o como lengua de fuego en extravió dichoso,
o si sólo amaste en mí una arena apagada.
(…)
¿Probaste mis panales sin destino?
¿Entraste a mi huerto de manzanas incorpóreas?
¿Quebraste la redoma de mi esencia desurcada?
¿O se rompieron en mis muros
tus suspiros magníficos?

Di si pensabas que te dejaba cruzar mis abismos
con embriaguez espoleante,
derramando mi ungüento en tus raíces
o que ordenaba sobre tu pecho
que fueses mi inflexible guarda en la noche de ausencia,
o que me hacía a un lado en el desfile de tus llamas
(…)
Si mi voz, rama andante de mi vida,
se te dio como ser,
como suelto corazón cálido,
como humana viajera
que hoy regresa con sus pedazos de camino
y puede darme tu valle y tus breñales.

Me pediste mi distante secreto
Da el tuyo a mi curiosa lejanía. 4

Una poesía que graba en el panorama literario nacional del siglo XX, los rasgos innegables de la modernidad en tensión con la tradición, en una indagación continua de un lenguaje inicialmente deudor de la estética del romanticismo, que se va erigiendo en una crítica de la estereotipia modernista. Es la primera poetisa que se rebela contra las estructuras establecidas, que abandona el rigor de los preceptos literarios vigentes, sin la métrica formal en las líneas y las estrofas, descubre una “voz” fuera de las reglas del silabeo y del sistema fijo de la rima, suspendiéndose en el vuelo transmigrador del verso libre, donde los espacios vacíos del poema nos convocan a la dilatación del sigilo de las carencias, toda ella tentada por un resuello entrecortado:
Ayer fue la dureza de la espera.
Quién fuera por esa dureza iluminada.

Regresar:

Volver a lo duro y a la esperanza.
Volver al carecimiento con horizonte.

Regresar al punto donde comienzan los caminos.
(…)
Y ajustarse de nuevo el alma. 5

Enriqueta Arvelo Larriva, aunque no participa en las apariciones públicas de la llamada “Generación del 18”, ni probablemente de las discusiones entre sus miembros, sin embargo, al momento de ubicarla, se lo hace en esta generación literaria por diversas razones: las debidamente cronológicas, las de publicar en aquellos periódicos y revistas que consolidaron a esta generación literaria y, por ciertas afinidades estéticas; de allí que, los historiadores de la poesía venezolana la consideren perteneciente a la transicional “Generación del 18”, aunque ella misma, no pudo sentirlo así:
“Si me preguntarían a cuál generación poética pienso pertenecer y – ¡ay Dios mío! – tendré que contestar sincera: creo que a ninguna, exactamente. Es lo honrado. Y no es que me guste ir sola por la literatura venezolana, sino que así lo arregló el destino”.
Y cuán cierto, íngrima se aventuró Enriqueta Arvelo Larriva con su poesía, mucho tiempo después de un Andrés Bello y sucesores, del romanticismo negando al neoclasicismo y éste a su vez enterrando la efusividad barroca, después de un parnasianismo rebelándose frente a los excesos líricos, del primer movimiento literario que gesta el mundo de habla hispana en América, el modernismo, de las manifestaciones del criollismo en una giro hacia a lo propio, del grupo “La Alborada” y aun de la misma “Generación del 18”, creando un espacio nuevo, un espacio de representación para las escritoras venezolanas.
Su poemas recobran vida con sutiles metáforas en diferentes niveles de su expresión, con su espíritu conjurado en el cuerpo-palabra que dialoga con el silencio en significativos versos, mediante el uso de verbos activos, haciendo hincapié en la primera persona posesiva, rechazando con altivez la cotilla de las formas poéticas fijas tradicionales:
No supe quién me lo dijo.
El acento, divino.

No supe quien me lo dijo.
No corrí tras los detalles
cuando oí lo infinito.

No supe quién me lo dijo.
Lo oí
¡Dichoso el oído mío!

En ese instante se hizo en mí lo armonioso
Lo que oí va eterno y limpio.

Y que tremenda la gracia
De no saber quién me lo dijo .6

Afirma el filósofo alemán Martín Heidegger:
“La palabra es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensantes y los poetas son los vigilantes de esa morada”. Y en la poetisa, la palabra es el lugar del desvelamiento, su canto al desguarnecimiento del alma, aferrándose a su voz telúrica que le permite atisbar lo invisible, buscando su asidero en el poema:
Brota firme, honda, motorizada,
porque mi corazón ablandó su semilla.

Es una voz profundamente mía,
mas la daré sin sacrificio.

Huele a cedro mi voz bienvenida
y se alza en un pliegue.

Ella –qué novedad- me dará un gozo bravo
la sembraré en el montón sordo. 7

Al igual que el escritor checo, Franz Kafka, quien en su necesidad de soledad para buscar <> afirma: “Para escribir nunca se está suficientemente solo”, para la poetisa, la soledad, la voz del silencio como creación y las emociones encontradas, perfilan su poética, su yo lírico que nos anuncia la angustia existencial que la aturde en el oficio más solitario del mundo:
Un oscuro impulso incendió mis bosques
¿Quién me dejó sobre las cenizas?

Andaba el viento sin encuentros.
Emergían ecos mudos no sembrados.

Partieron el cielo pájaros sin nidos.
El último polvo nubló la frontera.
Inquieta y sumisa, me quedé sin voz 8

El conflicto interior por abrazar en el poema la diversidad de vocablos en los que se expresan sus silencios, va configurando las “otras” voces, las de su otredad:
Háblame ahora, llano.
Llegará a mi raíz tu voz sin grietas.

Siento mis oídos más míos cuando escuchan tu mundo.
(…)
Quiero oírte en tu azul englobante.
Háblame.
Sabré responder a la voz de todas tus voces en la hora inocente.
Respetaré -tanteando- tus pájaros y tus ingenuas flores
y haré en tu anchura conscientes trazados de augurios.

Háblame, Llano.
Húndeme tu acento. 9

Paradójico, que después de que la evolución humana nos regalara <>, derrotando el primigenio silencio de la materia, nos invada de nuevo, ese deseo de volver a la <> para explorar nuestros sueños imbuidos en el inconsciente, alcanzando una vertiente ajena a ensordecedores <>. En soledad, Enriqueta Arvelo Larriva, mantiene sus coloquios poéticos consigo misma y con el también <> de cada poema antes de ser leído. En ella, el silencio se nutre, interpela y alienta con la voz de su palabra, es ése en el que la vivencia de lo arcano sustrae al ser del mundo petrificado de lo obvio; es, la significación que desvela a la vigilia del entendimiento y a su profunda angustia existencial. Estamos ante lo abismal, ante el sentido que rebasa el significado y que sólo se deja aprehender como presión, como signo incierto, nada se encuentra acallado. Su verso <>, refleja la sima donde el ser humano gravita en sus alientos, aferrado a la reflexividad entreverada de palabras.
Nos dice Rafael Arráiz Lucca, en “El coro de las voces solitarias: Una historia de la poesía venezolana”:
“De allí que su voz sea de una verosimilitud pocas veces hallada en la poesía venezolana, es como una voz que viene de lejos, que surge de las profundidades de la psique”.
Con su poesía, con sus intimismos entre las tropezadas emociones que va calando Enriqueta Arvelo Larriva en cada verso, la lírica venezolana enriquece orgullosamente sus páginas, mientras sus poemas embelesan, cautivan y nos conmueven como poetas, como lectores, dejándonos envolver en esa “voz”, perfil de su zozobra existencial:
Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.

He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más fina rendijas.
Y soné largamente en los alambres.
Antes -¿recuerdas?-
pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías. 10

Obra poética:
Voz aislada. Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos. Caracas. 1939.
El cristal nervioso: poemas. Publicaciones de la Asociación Cultural Interamericana. Colección Biblioteca Femenina Venezolana. Nº 4. Caracas. 1941.
Poemas de una pena. Caracas. 1942. (sin editorial).
Canto de recuento. Tip. López y Bosque. Caracas. 1949.
Mandato del canto: poemas. Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos. Tip. La Nación. Caracas. 1957.
Poemas perseverantes. Ediciones de la Presidencia de la República. Caracas. 1963.

Referencias Bibliográficas Poemas: Casa de mi infancia; Emoción y ventaja de la probada profundidad
Suma de la voz aislada; Respuesta; Tarde del imprevisto deseo; Balada de lo que oí
Presentación de mi voz nueva; Destino; Instancia frente a una sabana amanecida;
Toda la mañana ha hablado el viento.

María Cristina Solaeche, venezolana, poeta, ensayista y crítico literario, con una extensa obra publicada. Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela

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Lucila Velásquez, “Soy de un país en fuga”.

Posted by Carmen Cristina Wolf en agosto 15, 2009

Por Carmen Cristina Wolf

El Grupo Editorial Random House Mondadori con el sello de Grijalbo, publicó a la poeta venezolana Lucila Velásquez  Memoria de mis días, unacrónica y un documento socio-político imprescindible para comprender la realidad venezolana del siglo XX y lo que está sucediendo en la actualidad. Lucila, nacida en San Fernando de Apure, Venezuela, hace un recuento de sus ideas y apasionantes vivencias. Ella fue una luchadora de la resistencia en contra del gobierno de Marcos Pérez Jiménez. Vivió días de exilio en México, Panamá y Costa Rica. Narra su vida como escritora, poeta, promotora cultural, diplomática, entre cuyos resultados se encuentra la creación de la Galería de Arte Nacional junto con el Maestro Alirio Rodríguez; y su participación en la creación del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Esta mujer profundamente vital, inteligente, siempre con su atuendo elegante y sus sombreros europeos, es una de las voces fundamentales de la Poesía Hispanoamericana. Su extensa obra ha sido traducida en varios idiomas y publicada por importantes sellos editoriales. El Nacional celebró en octubre de 2008 la presentación de estas Memorias de una mujer llena de lucidez y coraje.

“Estas memorias fueron como una tela de Ariadna, tejer y destejer”, explica Lucila Velásquez a la periodista de El Nacional Michelle Roche Rodríguez. Algunos de sus libros publicados son: Color de tu recuerdo, Poesía resiste, Los cantos vivos, Tarde o temprano, Indagación del día, Claros enigmas, Acantilada en el tiempo, Mateo Manaure, Arte y Conciencia, El árbol de Chernobil, Der Baum von Tschernobyl, Colección Lírica “Fischer Verlag” Alemania 1991; Algo que transparece, La Rosa Cuántica, El Tiempo Irreversible, La Singularidad endecasílaba, La Próxima Textura y Se Hace la luz, publicado este último por el Círculo de Escritores de Venezuela en el 2008.

Quien quiera acercarse al ars poética de Lucila Velásquez, haría bien en leer los dos primeros capítulos de Memoria de mis días, que llevan por título “Una rosa en el pecho” y “Sobre navegantes solitarios en alta mar de la palabra”. La apreciación lírica de su propia concepción de la poesía y de los movimientos del alma son de por sí una clase magistral del quehacer del escritor. Es difícil elegir algún pasaje de estas líneas porque son de tal carácter y profundidad que cuesta trabajo seleccionar éste o aquél. No obstante, transcribo algunas de las ideas  del primer capítulo:

“El girasol contiene la perplejidad del asombro en su costumbre de corola abierta al sentido de irradiación del infinito. Es evidencia de la luz en estallido de la desnudez …Desde luego que todas las flores son bellas, cada cual insinúa la singularidad de la omnisciencia  … al dar los buenos días a estas memorias he querido, a propósito, lustrarlas  con el agua de la gracia poética, gracia de Dios en la palabra, y cuyas claridades me han acompañado desde que tuve uso de razón de ser poeta”.

En el capítulo II Lucila intenta aproximarnos al por qué de su poesía: “En alta mar de la palabra los navegantes solitarios se guían por una estrella del corazón al pensamiento como ideal poético. Se puede creer que mi  poesía es la respuesta a una pregunta…: ¿Qué soy como conciencia? … Cuando escribo poesía, la primera estremecida soy yo misma… Para llegar a este estado de creación poética, he amado la vida. Como mujer, como ser humano, he participado intensamente de la cotidiana vibración de los días en el mundo, de las cosas que a cada minuto tienen trascendencia de animada materia…”

La transformación y el dominio estético del lenguaje  en el tiempo escritural de Lucila Velásquez es fruto de un aprendizaje constante, de refinadas lecturas que ella misma confiesa, como Santa Teresa, Sor Juana Inés de la Cruz, Enriqueta Arvelo  Larriva, Emily Dickinson, John Milton, Jorge Luis Borges y tantos otros que menciona la autora a lo largo de los treinta y seis capítulos de Memoria de mis días. Y es el resultado de un propósito claro, inquebrantable, de entregarse a la Poesía en cuerpo y alma,  de la experimentación de las formas, desde los más difíciles y originales endecasílabos y alejandrinos, métricas tradicionales volcadas en sonetos absolutamente magníficos, hasta la creación de una poesía en versificación libre de toda atadura, a la que puede ponerse fecha, 1989, con el libro El Árbol de Chernobil”, que inaugura una escritura novísima, nutrida  de los conceptos de la ciencia, y que en  palabras de la ensayista griega Efthimia Pandis-Pavlakis, Directora de la cátedra de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Atenas, “rompe totalmente con la poética anterior y se dedica a la cienciapoesía, que se caracteriza por un lenguaje inspirado en la filosofía de la ciencia y la filosofía de la poesía.”

Es el poeta quien percibe lo sagrado en lo sensible y diviniza aquello que está sujeto al deterioro del tiempo. Lucila Velásquez ha vivido con el ser desgarrado por querer revelar desde la intuición la temblorosa fragilidad de las cosas, su amor por la Belleza  y el perseguir las huellas de la esencia del Ser. Cuando Lucila dice: “Soy de un país en fuga” condensa en una frase todo un drama interior. Ella más que nadie observa con lucidez lo que se escapa, la fuga de las horas y de las apariencias. Mas alza su mirada a lo eterno y es capaz de elevarse desde lo tangible a lo divino en este admirable soneto: “la singularidad tiene unas veces / estados subyacentes a la noche / se sienten los insumos del derroche / el cúmulo que Dios hizo con creces // y callan los silencios en la noche / se escuchan respirar las palideces / estrellas con insomnio tantas veces / despiertan de soñar a medianoche // en la ruptura de la simetría / en la raíz cuadrada de una estría / en el vuelo de un pájaro secreto // en el regreso de otra primavera / en el último instante de la espera / la singularidad es lo concreto (Poema 53 de La singularidad endecasílaba).

Algunos de sus Poemarios publicados son: Poesía resiste, Amada tierra, Color de tu recuerdo, Indagación del Día; Acantilada en el tiempo, La rosa cuántica, El árbol de Chernobil; El tiempo irreversible, Algo que transparece, La próxima textura, La singularidad endecasílaba, Se hace la luz, publicado por la Colección Poesía del Círculo de Escritores de Venezuela, que está siendo traducido al inglés. Lucila Velásquez es Miembro Fundador del Círculo de Escritores de Venezuela e integrante del Consejo Consultivo. Recientemente Anti Papageorgio ha traducido una Antología Poética de toda la obra de Lucila Velásquez al griego y ha sido publicada por Ediciones del Orto en España.

De El Árbol de Chernobyl, “Crónica de aquella ucrania primavera”, leemos:
“del Mar Mediterráneo este derrubio / ese viento mistral / esta altísima piedra / del oleaje de los Pirineos/ debajo de la pluma radiactiva /donde apoyó su abismo /el ala invicta de la paloma de Picasso / a la caída del Icaro /propagada de aleros de Guernica
y paisajes de Horta de Ebro /con cráneos y guitarras / de la mujer que llora / naturalezas muertas / del Arbol de Chernobyl”.

No quedará aquí la indagación sobre la obra de Lucila Velásquez. Siento el compromiso de continuar estudiando su obra, no sólo por los profundos lazos de afecto que me unen a ella, sino por la fascinación de rastrear en sus versos algún indicio de si somos tiempo o eternidad, en una búsqueda que ofrezca también la seducción de la hermosura en el  enigma que es el lenguaje.

Caracas, 19 de julio de 2009

 

Palas Athenea

Palas Athenea

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CANTO A LA MUJER

Posted by Carmen Cristina Wolf en mayo 13, 2009

Luis Alberto Machado: Canto a la Mujer

Por Carmen Cristina Wolf

 Materia y espíritu son dos estados de una sola realidad. Urdimbre y trama del tejido cósmico. Canto a la Mujer, libro del venezolano Luis Alberto Machado, Editorial Cármina 1996 (quinta edición) celebra la unidad en cuarenta y nueve poemas de catorce versos cada uno:

Tú me entregaste / el secreto y la sustancia / de los átomos … Quiero tocar en tu pìel / la materia que viene / desde el nacimiento del orbe … porque las cosas / son tú y las cosas/ …

Dios,  acaso Eterno Enamorado cuyo oficio es pensar y amar, engendró la idea de la mujer cuando nada existía. Ella siempre estuvo en el Pensamiento del Ser. Machado le canta a la mujer, a todas las mujeres del mundo y nos cuenta su historia desde el Génesis:

Tú estabas allí / al principio, / cuando Dios creó / los cielos / y la tierra. / Y la tierra sin forma y vacía. / Y la oscuridad en el abismo. / Y el caos. // Y entonces, / Dios miró en tus ojos. / Con amor, / y dijo Dios : / “Hágase la luz”. / Y Dios hizo la luz como tus ojos.

            Estos versos hablan de  un Dios indisolublemente unido a la humanidad y muestran el oficio de un escritor creyente en la palabra, que celebra al Ser revelándose en su ser. En el encuentro del poeta con la amada, se abandona a su abrazo y comulga con lo invisible en el corazón de la materia:

Júntame / a cada una de tus sustancias / y renaceremos juntos / para ser / todos / los seres / … Quiero sembrarme / en medio de tus brazos, habitar en el núcleo / de tu morada / y aprehender la vida / en tus venas.

            El amado vive y respira como el haz y el envés de una única moneda: y mi vida / respirando en tu vida. Los poemas de este libro se salen de los bordes de sus páginas a fuerza de significar, no hablan de un amor entre dos seres humanos concretos, parecen referirse a la unidad ancestral de lo masculino y lo femenino: toqué tu piel / y fui redimido nuevamente … Y cuando Dios me pregunte / por mi vigilia / sólo diré / que yo formaba parte / de la existencia / contigo.

No es fácil decir tanto en tan apretada síntesis de lenguaje. La palabra salva al hombre de la desesperanza. El camino a la trascendencia del sin sentido tiene una puerta, y al hacer nuestro balance en el último aliento de vida daremos cuenta de cuánto hemos amado. “Si hablando lenguas de hombres y de ángeles, no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe” (Primera carta de Pablo a los Corintios).

 

María Luisa Escobar, Compositora venezolana

María Luisa Escobar, Compositora venezolana

                                                                        *   *   *

 

            El poeta Propercio, quien nació en Asís en el año 50 a. C., le escribe a su amada Cintia:

“Más que a mis exequias / temo que mis cenizas puedan dejar de amarte.” (Elegías 1,19). Él teme, no que ella deje de amarlo, sino que en la muerte desaparezca su amor por ella. Mil seiscientos años después, inspirado en este verso, Quevedo va más allá de Propercio y escribe: “médulas que han gloriosamente ardido / polvo serán, más polvo enamorado”.

            Para Dámaso Alonso, Quevedo es el más alto poeta de amor de la literatura española. Bastaría el estremecedor final “polvo serán, más polvo enamorado”, ese soneto que es quizás uno de los más grandes que se hayan escrito en lengua española. Casi cuatro siglos más tarde Luis Alberto Machado va más allá de Quevedo, al escribir:

Y tu tierra / será / mi tierra / y tu vida / será / la Vida. / y mi carne / y tu carne / se hará Verbo /. Los amantes serán una sola carne resucitada. Rompiendo con la sintaxis, Machado utiliza la figura retórica a la cual los griegos dieron el nombre de enálague,  no escribe “se harán Verbo” sino “se hará Verbo”, porque es un solo ser. San Juan escribe “Y el Verbo se hizo carne”; Machado escribe: la carne se hará verbo. Carne y Verbo / Carne y Verbo / para siempre.

La enálague la emplea Machado en otros versos, por ejemplo: Llegaremos / de una vez / juntos / a la cumbre / donde el ser y tú / somos lo mismo. También la utiliza en los versos: …y la carne / de tu cuerpo y mi cuerpo / vuelva a ser / carne. “Amada en el amado transformada” al decir de San Juan de la Cruz refiriéndose a la unión del alma y el Esposo. No es un juego del intelecto, es una llama que se yergue en su limpidez en el anhelo ilimitado de trascendencia:

Ven conmigo / al despertar del fuego / y nos elevaremos juntos / con la primera llamarada escribe Machado. Se busca cumplir el deseo de alcanzar ese amor “que no se cura sino con la presencia y la figura. (Juan de la Cruz). Anhelo de encontrar en el otro la propia alma, de reflejarse en el espejo.

“Busca tu alma, ámala, tócala, cultívala” dice Rimbaud en Una temporada en el infierno. El poema no es únicamente el resultado de lo que el poeta quiere decir. El poema se dice a sí mismo como una palabra “que lleva una espada / y puede atravesar a un hombre (Emily Dickinson). Los versos de Canto a la Mujer se adentran diez centímetros en el pecho, expresan al hombre que vive para encontrar el amor porque sin amor nadie quiere vivir. Día y noche, por el amor nos movemos, actuamos, respiramos,  hacemos tantas cosas… Machado es conducido al centro de su ser en arrebato y llega al jardín sellado: Entrégame / los frutos de tu huerto / las uvas de tu vid / y un océano / de agua fresca / de la fuente / donde brota mi sed. Estos versos traen hondas reminiscencias de la poesía mística de San Juan de la Cruz: “Descubre tu presencia / y máteme tu vista y tu hermosura” y del Cantar de los Cantares: “ponme cual sello sobre tu corazón / cual marca sobre tu brazo”…

El hombre “quiere llenar su soledad, fundarse” (Juan Liscano, Nuevo Mundo Orinoco). El hallazgo presentido de aquello que puede conducirnos a la plenitud nos colma de impaciencia, nada nos asusta ni nos detiene: “En una noche oscura / con ansias en amores inflamada / Oh dichosa ventura / salí sin ser notada / estando ya mi casa sosegada” (Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz). Canto al Mujer celebra el universo y su relación con la naturaleza humana:

Camaradas / de la existencia / dueños del ser / inmortales / en la muerte, / hermanos del sol / y de la máquina /… En su libro El Pueblo de Dios en marcha Luis Alberto Machado escribe: Francisco llamaba hermano a un animal, a un árbol y al sol, señalando así que ellos eran criaturas del Señor … contemplando en la obra del hombre la grandeza de Dios podemos nosotros también decir: “hermana máquina”, “hermano automóvil”, “hermano avión.” Y no hay mayor fraternidad que la que se siente en este poema:

Mas si al rendir los dos el viaje / hay gente sin llegar / quedémonos a la orilla del camino / a la espera / del último de los llamados.

 

Virginia Woolf

Virginia Woolf

                                                                         *   *   *

Conducido por Virgilio, Dante baja al infierno para contemplarlo. Machado, por amor asaltará el infierno para salvar al Demonio y a los condenados, pero fiel a la esperanza de redención que subyace en su filosofía, dice que “no encontrará a nadie”. Este poema es del tamaño de la Esperanza de Luis Alberto Machado:

Y frente al Diablo clamo / que yo no quiero salvarme  / si no estamos todos. Y cuando muera / por ti asaltaré el Infierno / para liberarlo, pero no encontraré a nadie / en su Infierno vacío.

Este libro presenta una visión cosmogónica en la que el Universo es el ajuar de la naturaleza humana. Revela una concepción teológica, adentrándose en las causas últimas y en el problema vital de la existencia: el origen de la naturaleza y de la historia, la muerte y el amor más allá de la muerte. Su secuencia no es arbitraria, se inicia con la creación y concluye con la muerte del poeta:

Te aguardaré / en el lugar donde comienza el sol / hasta que tú me alcances con el sol / después de la tarde

Entré en el jardín del poeta, florecido de galaxias y tréboles, me sumergí en la marcha de la historia, encontré la hermosura. Asistí a la muerte y la resurrección. Y hallé la Puerta del Paraíso.

En el principio Dios miró en los ojos de la Mujer. Ahora, el hombre y la mujer se miran en los ojos de Dios. Por siempre, la eternidad comienza.

 

Emily Dickinson

Emily Dickinson

 Luis Alberto Machado: autor de La revolución de la inteligencia y El derecho a ser inteligente (E. Planeta), Un pueblo de Dios en marha, Afirmación frente al Marxismo; Canto a la Materia, Canto a la Mujer y Canto a Dios. (Editorial Cármina)

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EL LENGUAJE, PATRIMONIO EXCLUSIVO DEL HOMBRE

Posted by Carmen Cristina Wolf en abril 16, 2009

Extracto del libro en preparación: “FORMA E INTENCIONES DEL LENGUAJE”. Gentil colaboración del autor a la página Mujeresescritoras

Por Alejo Urdaneta

Un arte que se sirve del lenguaje como instrumento producirá siempre creaciones extremadamente críticas, pues la lengua es en sí misma una crítica de la vida: la nombra, la toca, la designa y la juzga, en la medida en que le otorga vida”
Thomas Mann: Lessing

 “La lengua y la literatura son la puerta y la ventana al mundo”.
Dámaso Alonso

El tema del lenguaje suscita una pregunta: ¿En el futuro existirá aún esa línea que divide al hombre de las formas de la vida animal? El habla, como forma racional de comunicación entre los humanos, nos convierte en los únicos en tener ese privilegio. El hombre, que para Aristóteles es el ser de la palabra, inaugura con el verbo un nuevo modo de relación entre sus congéneres. El animal puede percibir con los sentidos lo que le rodea, pero es incapaz de hacer relaciones entre las diversas sensaciones. No había el mundo de la representación que consiste en la creación de nuevas formas de existir (ex sistit), estar allí, fuera de sí mismo e ir hacia el otro para crear la imagen, y con ella la relación. El hombre añade a las impresiones sensoriales las categorías de tiempo, espacio y causalidad, para representarlas individualmente en su propio mundo y luego comunicarlas mediante la palabra. Pero esa consciencia de crear mundos trajo consigo la imposibilidad de hallar algo de plena certeza, definitivo, y lo colocó ante una realidad que sólo al ser humano pertenece. La voz articulada y significante le dio el pensamiento y la flaqueza de sentirse mortal, y liberado del gran silencio pudo pensar y decir, y tuvo la consciencia de estar vivo y desear la inmortalidad, querer siempre vivir, como lo expresó Miguel de Unamuno en el desgarrado grito de su ensayo: Del sentimiento trágico de la vida. Todo ello es privilegio y fragilidad del hombre, para colocarlo como centro de la pugna con los dioses, al convertirlo en hacedor de otros hombres mediante la imaginación aliada de la palabra.


Lo dicho parece haber sido admitido sin reservas. Hemos vivido dentro del acto del discurso racional que se expresa con la palabra que otros reciben y comprenden de modo imperfecto: nunca alcanzamos la plenitud de la expresión del otro. Pero hoy no es aceptado de manera unánime que la verbal sea la única matriz donde concebir la articulación del intelecto. Y menos para otras culturas en las que prevalece el silencio: “Conocemos el sonido de dos manos que dan palmas… ¿Cuál será el sonido de una sola?”. El budismo tiene el silencio como vehículo de ascenso desde lo material, el alma contemplativa trata de abandonar el lenguaje para acceder a lo inefable.
En uno de sus libros más difundidos: Después de Babel, el filósofo George Steiner ha formulado el elogio de la diversidad de lenguas y ha sugerido la conveniencia de derogar  mitos que, como el de la Torre de Babel, dicen lo contrario de lo que parecen decir. En el planeta hay más de veinte mil lenguas, lo que implica que la multiplicidad de las formas verbales para expresarse procura la riqueza de adaptación de la humanidad. “Con la desaparición de una lengua, perdemos para siempre ciertas negociaciones con la esperanza”, ha dicho Steiner.
La simplificación del lenguaje a que tiende la cultura occidental contiene el peligro de ir reduciendo el poder de comunicación humana. Si observamos, por ejemplo, de qué modo el inglés que se habla en todo el mundo ha simplificado la sintaxis de la lengua, para convertirla en fórmulas abstractas y simbólicas limitadas en el uso, nos vemos llevados a una uniformidad de la cultura. El angloamericano se ha constituido en una lengua predominante, quizás por el sustrato político que lo sustenta, enlazado estrechamente con la idea de progreso. Puede verse cómo la electrónica en el medio masivo de comunicación en las computadoras utiliza de modo exclusivo ese inglés concreto y unívoco para su manejo (aunque leamos después en otras lenguas el producto), y no nos deja más que la opción de formas limitadas de expresión, y debemos acatarlas si deseamos convivir adecuadamente en el nuevo estadio de las relaciones interpersonales. Todo esto sin hablar de la penetración de las matemáticas y las ciencias en todos los órdenes de perspectiva de las humanidades. La filosofía, la historia, la literatura se han visto invadidas por el código de la física o la química, y no nos asombra que  se haya generalizado una variante de la lógica, denominada Lógica Simbólica, que se ha propuesto la creación de una sintaxis liberada de las imprecisiones del verbo, obra humana cargada de conceptos que no siempre logran ser totalmente aprehensibles por el intelecto pero que expresan al hombre con libertad en su situación contradictoria. Con la implantación de la Lógica Simbólica se ha ido imponiendo el razonamiento rígido matemático o científico en las manifestaciones del lenguaje y en las literarias de toda índole.
Quizás esa inclinación hacia lo abstracto sea un distanciamiento respecto de lo humano, con la intención de combatir el nihilismo moderno que vaticinó Nietzsche. En la antigüedad, el nihilismo era epicúreo y escéptico; sólo aspiraba a la serenidad del espíritu ante la adversidad; era en todas sus actitudes filosóficas un acercamiento a la religión. El de hoy día, el nihilismo total, juega al superhombre que desprecia los valores y celebra la insignificancia de la vida. Pudiera decirse que lo que vivimos es una actitud de hedonismo resignado, una dimisión ante la vida. El hombre no halla saciedad ni aceptación de su mundo y desea escapar de la realidad y disolverse en la nada. En la huida, arrastra al lenguaje y, aun sin pretenderlo, corroe sus formas para dañar también sus significados múltiples.
 

 

 

El Autor es ensayista, narrador y poeta. Miembro del Consejo Consultivo del Círculo de Escritores de Venezuela

Alejo Urdaneta

Alejo Urdaneta

 

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