Mujeresescritoras

Just another WordPress.com weblog

LA CIUDAD DE CARLITOS

Posted by Carmen Cristina Wolf en enero 17, 2009

Por Luisa Helena Calcaño Gil
Una vida sin desasosiego arropada por la enfermedad del olvido. Un espacio para  el autoexilio de la soledad interrumpido por salidas al atardecer persiguiendo un destino inesperado. Un miembro resignando  de la  comunidad itinerante de usuarios metro bus de la Estación de La California en el horario nocturno. 

Una rutina refrendada varios días a la semana entre ocho y nueve de la noche. Comunidad de rostros sin nombre de vecinos de clase media sofocados por los escollos y atascos cotidianos de la ciudad de Caracas. Todos unidos durante un tiempo imprevisto  ante la  inevitable necesidad de regresar al hogar. Una comunidad itinerante formada desde hace dos años cuando el gobierno central  decidió conceder  algún beneficio a estas familias.

Han pasado los años y las rutinas se suceden noche a noche. Los rostros sin nombres son imágenes familiares. Algunos conversan y saludan con alegría. Otros permanecen abstraídos y ausentes ente el compañero de ruta. En algunos casos he ido descubriendo el objeto de sus viajes: la señora jubilada de la contraloría, que sale todas las tardes para no aburrirse, la profesora de sociología, la empleada de la Alcaldía de Chacao, el  agotado funcionario del Banco Venezuela, el estudiante universitario de cabello ensortijado, las dos amigas que van todas los días  al bingo del centro comercial. Esta rutina nocturna me ha otorgado el sortilegio de un amigo, el ingeniero del piso 8 con el cual comparto los trances habituales del trayecto.

El cansancio de los rostros se entrelaza con la oscuridad de la calle sobre el pavimento muy deteriorado. Los días más difíciles se suceden cuando empieza a llover, y todos nos invaden la angustia por lo largo de la cola. Una voz repite con ansiedad: ¡Todos no vamos a poder irnos en la misma unidad! Los sagaces miembros de la tercera edad han organizado una cola paralela para acceder a la unidad. La parada esta localizada a la salida del metro en la Avenida Francisco de Miranda donde el tráfico es intenso, y la espera transcurre entre la contaminación de aire, el ruido de los motores al ritmo del semáforo interrumpido continuamente por la voz de un llamado de usuarios para otra ruta: ¡Puente Baloa, Petare!

Anoche ocurrió algo imprevisto. Yo era la tercera de la fila, llevaba media hora en la  espera y había enviado un mensaje de texto a mi hija. Una medida de seguridad ante un posible secuestro expres. Oigo   una voz de alerta; -¡Cuidado por ahí viene Carlos, a veces se pone muy violento!  Experimento miedo y ansiedad. No logro saber de qué se trata. Percibo en la penumbra a un joven de unos treinta años de tez muy oscura y semidesnudo, cubierto solo por un pantalón. Su cabello era ensortijando con resto de algunas crinejas. Al verlo lo reconozco y le digo a la señora; -Él siempre esta por aquí. Pude recordar sus rituales  cotidianos alrededor de la fila para lograr unas monedas. Un vecino de ruta añadió en forma despectiva: ¡Un enfermo mental que está todo el día y la noche por este lado de la estación!

Un miembro cotidiano de esta comunidad itinerante. Ahora ese rostro tenía ese nombre tan significativo en mi vida afectiva: ¡Carlos!

Sin darme cuenta al sentarme en la unidad tenia  lagrimas en el rostro. El vecino amigo del piso 8 me interrogó: -¿Qué sucede? Tengo una profunda necesidad de contarle la triste historia de Carlitos, mi ahijado:

Cuando tenia diecisiete años iba todos loa sábados al barrio San Andrés de El Valle con el Padre Juan Cardón Párroco de la Parroquia Universitaria. Eso lo hice durante cinco años.

Un día una vecina me llevó  a una de las casas más pobres. Encontré a una madre perturbada mentalmente y a tres niños semidesnudos y desnutridos, Esa tarde trasladé a dos niños al Hospital de Niños donde permanecieron varios meses hospitalizados. La madre agradecida decidió que mi novio y yo fuéramos los padrinos de su hijo varón de nueve años. Así llegó Carlos Torres a nuestras vidas. Yo lo veía todos los sábados. .

Un día me llamó su madre para informarme: -Carlitos se escapó y no sé donde esta. En ese instante recordé que era su segunda madre, y me dediqué a buscarlo entre las instituciones del Estado de la época. Mi ahijado se había transformado en un niño de la calle. Después de dos meses logré encontrarlo. Él no quería regresar a su hogar razón por la cual no decía ni su apellido, ni su dirección. Yo me presenté como su madrina. El Estado lo declaró en abandono, y asumió su custodia. Durante cuatro años seguí a todas las instituciones donde estuvo recluido para pasearlo y llevarle regalos los domingos. En las vacaciones me permitían llevarlo a la casa de mis padres. Mi padre y su cámara de fotografía, Carlitos y yo nos convertimos en usuarios cotidianos del Parque Los Caobos, el Parque El Pinar, el Parque del Este y el Museo de Ciencias Naturales.

Carlitos fue creciendo y mi afecto por él también. Me case a los vientitres años y la vida me impuso la necesidad de irme unos años de Venezuela. Carlitos se quedo solo en el mal llamado centro de orientación, y nunca más nadie lo fue a visitar. Tenía trece años.

Al regresar de España decidí buscarlo. No lo encontré en el  centro de orientación de Los Teques donde lo había dejado. Carlitos se había fugado. Una tarde recibí una llamada de una sórdida institución de reclusión de jóvenes transgresores ubicada  en Los Chorros. Carlos Torres  tenia diez y ocho años y el Estado me llamaba para entregármelo por ser su madrina. Un analfabeta funcional, no tenía un oficio y los diagnósticos indicaban tener serios trastornos de personalidad.

Regreso al hogar de su rechazada madre en el Barrio San Andrés. A los pocos meses paóo a vivir en la calle. Siempre llevaba consigo mi nombre, teléfono y la dirección de mi trabajo. Cada vez que tenía un problema me llamaba, o lograba que alguien lo hiciera por él. A todos les decía con orgullo: ¡Ella es mi madrina!

La última vez que lo vi fue en 1989. Llegó a mi oficina con una fuerte crisis psicótica. No lo pude controlar. Llame a una ambulancia de los bomberos para llevarlo al Hospital Psiquiátrico de Lídice para  tratar hospitalizarlo. No fue posible, los médicos exigieron que él quisiera quedarse. Yo y los bomberos corrimos por horas detrás de él  por los alrededores del Hospital No pudimos convencerlo y se escapó entre las calles. Regrese en la ambulancia a la oficina embargada de una insondable melancolía.

Nunca más buscó  ni su padrino, ni a su madrina.

Esa noche mi vecino  amigo y yo nos despedimos en el ascensor con pesadumbre. Yo había salido del refugio de la enfermad del olvido.

Hoy al regresar a mi rutina nocturna, volví a encontrar el rostro de: ¡Carlos! El nombre de los enfermos mentales que deambulan por las calles de la metrópolis poli céntrica de Caracas.

Anoche murieron dos niños tapiados en el Barrio San Andrés de El Valle.
Taller Literatura y Ciudad de Armando Rojas Guardia
Fundación para la Cultura Urbana

  blog-parque-central-venezuela

                                                      Parque Central, Caracas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: