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DAGAS Y OTRAS FLORES

Posted by Carmen Cristina Wolf en enero 13, 2009

   Por Alberto Hernández-

1.-
Son siete los poemas inéditos que, al final de Dagas y otras flores, título que Edda Armas le dio a esta antología publicada por Monte Ávila Latinoamericana (Caracas, 2007), servirán para iniciar esta aventura por sus páginas. Siete, suerte cabalística que resume toda la experiencia poética de esta creadora venezolana.
La autora, en los criterios de la edición, afirmó que se trata de una compilación “que responde a la idea de reunir para el lector poemas de mis libros agotados, de los signados por bajos tirajes o de circulación restringida, así como algunos poemas inéditos o versionados que se quedaron rezagados en el tiempo…”.
Me interesa entonces adentrarme en esos versionados, rezagados, avíos de una travesía que tienen como destino este volumen que hoy nos llega de mano de Edda Armas, quien lo preparó en compañía de Cecilia Ortiz, prologado por Armando Rojas Guardia.
Detrás de ellos, Roto todo silencio (1975), Contra el aire (1977), Cuerdas de serpiente (1985), Sable (1994), inéditos de 2004 y 2005; Libro del artista (1996), Rojo circular (1991), Aguaricuar, la partida (1994), En bicicleta (2003), Fe de errantes (2006), entre otros inéditos.
De modo que estamos ante el rescate de libros que anduvieron por allí, escondidos en bibliotecas personales, guardados en la intimidad de los celos particulares, toda vez que los de poco tiraje forman parte de afectos difíciles de olvidar. La publicación de esta antología nos regresa a ese momento de pérdida añeja. Hoy, nos recogemos en su lectura y nos hacemos de aquellas primeras imágenes de una obra que arriba a siete momentos en los que nos quedaremos para reencontrarnos.

2.-
“Si el silencio existe el vacío también/ y el espacio que queda se desvanece/ en harina intocable”, así reza el epígrafe que Edda Armas usa para darle entrada a estos siete textos, calzado por Jimena Ríos Armas. No está lejos de aquella afirmación de H. A. Murena, según la cual el silencio procura decir lo indecible.
En La metáfora y lo sagrado, el ensayista dejó dicho que “El universo es un libro, dice la sabiduría: todo libro encierra el universo. Hay que recordar, sin embargo, que el trazo negro de cada palabra se torna inteligible en el libro merced a lo blanco de la página. Ese blanco del que la palabra brota y en el que acaba por desaparecer es el Silencio primordial”. En la poesía de Edda Armas –sobre todo en los primeros que hizo al mundo- nos encontramos con esta “pluralidad de sentidos” que nos lleva a definir la metáfora junto con Murena.
Una larga cita nos ayudaría a confirmar lo anterior:

Principio y fin de cada criatura, de todo lo creado, el blanco escribe para nosotros lo fundamental de toda escritura: el círculo de misterio que envuelve nuestra existencia. La calidad de cualquier escritura depende de la medida en que transmite el misterio, ese silencio que no es ella. Su esplendor es enriquecedora abdicación de sí. Y ésta resulta evidente en el tipo de lectura que permite y exige. La palabra portadora de misterio demanda una lectura lenta, que se interrumpe para meditar, tratar de absorber lo inconmensurable: pide lectura, consideración del blanco.

Así, silencio y vacío revelan el blanco que es su fondo y esencia, la luz que expone la “harina intocable”, que dice Jimena Ríos.

3.-
La memoria, esa trama, lectura lenta del tiempo, establece la metáfora que habrá de empujarnos al imaginario de Armas, quien roza, toca, pasa cerca de los objetos, de las pieles que acarició, de las que ahora forman parte de la distancia. Sin olvido. El silencio, el vacío previsto, halla en cada rincón del poeta el instante de quienes una vez fueron. Tejido de sentidos, la metáfora retorna, se instala en el lector y lo anuda a cada palabra del poema. En Borrarlo todo, Edda Armas persiste:

Borrarlo todo con la misma paciencia
con la que se hizo la tejedura. Pieles.
Cada nudo hace la urdimbre. Andándolo
lo encuentras. Puede tener cierto parecido
a lo soñado. Borra de café al fondo de la
taza. Grillo de amor nunca olvidado.
Rosa de origami. Rendija por la cual pasar
la mano al retribuir al menos la moneda
en la estación calcinante de los dioses
.

Lo soñado, lo que se hace recuerdo al despertar, lo que fue en una realidad lejana y se hizo realidad durante el sueño. Parecido, el silencio es la abundancia de aquello que estuvo, que fue y sigue siendo. Un detalle: “borra de café al fondo de la/ taza”, un accidente capaz de activar las imágenes que una vez estuvieron en personas, objetos, tejido de voces, rumas de la culpa y la inocencia, “en la estación calcinante de los dioses”.
En ese instante está la eternidad, el silencio primordial. La escritura entonces también es una borradura, tensión espiritual que alcanza ser reconstrucción, metáfora.
Más adelante, en Espuma de lo íntimo, dos frases resumen esa instancia: “la calma, la caricia”. Alguien que aún sigue allí, en el lugar del amor, en “las manos por tu cabeza canosa,/ la mirada de soslayo pero tuya”.

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4.-
Quien recuerda, reconstruye, metaforiza, recrea los sentidos, los multiplica. ¿Quién que haya retornado a un instante lejano no se ve en la casa, en los pliegues de la piel de los hoy muertos, en el olor del café, en el aroma del jardín y hasta de la lluvia que se anunció en relámpagos tantas veces? Para la poeta no hay ruina, sólo dolor, un dolor lento como la escritura, ese placer movedizo y mareante, permanente sobre el blanco que inventa el silencio de los sonidos. He allí entonces el humano ser convertido en palabras, en grieta, en rotura interior: “El amor los deja huérfanos// No te vayas, se dice/ igualados, el uno con el otro// la casa que no existe para ellos/ la buscan en su propio cuerpo/ herida en él podrá ser/ pero nunca ruina”.
¿Qué contiene la metáfora de Diana, la cazadora sino la muerte, esa fábrica de olvido y memoria? El alma y el cuerpo se desvisten. Cuerpo amoroso, retraído por la tristeza y el compartir del silencio.
Un poema, un deseo busca la luz, la “claridad” desde lo remoto, lo hondo de ese silencio que se hospeda a diario en la memoria. Volver al lugar donde se estuvo, donde se dejó de estar para seguir estando. Sí, “volver a su tranquila ribera/ al demarcado tránsito de sus aguas/ como en mi vida nada lo fue antes//  y pernoctar en su claridad”.
Ese río, el de la infancia, el del padre, la madre, la tía y los hermanos, corre, fluye en la sangre. El paisaje advertido sigue allá adentro, en la cuota de silencio que la voz de la poeta hace inventario en la distancia, donde el alma, pájaro libre, es “deseo franco” de desandar los árboles, metáforas de los sentidos para quedar en “la misma rama”, en el mismo espacio donde el silencio seguirá emergiendo del blanco, de la eternidad.

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                                                            Edda Armas, 207

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