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Jacqueline Goldberg, Carnadas

Posted by Carmen Cristina Wolf en diciembre 15, 2008

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 Por Alberto Hernández-

 

1.-

El dolor engendra el relato: paráfrasis en el espejo de lo que dijera Julieta Campos en El miedo depender a Eurídice, vertido en un excelente ensayo por Juan Carlos Santaella, donde, a la luz del deseo como discurso, éste genera toda una teoría acerca del amor como lugar de lo imposible e igualmente indagación de un tiempo primordial.

En Carnadas (La liebre libre), novela corta de Jacqueline Goldberg, el dolor protagoniza una historia que se hizo escritura y teoría del desgano: Las historias de amor sólo pueden contarse desde el desamor. Cuando duelen lo necesario.

Este relato de Goldberg –opera prima en la que una mujer rebasa su propia cordura amatoria- es también un viaje al infierno de Orfeo: Santaella ensaya y concluye en el invento de la imaginación del deseo. Se desea el cuerpo del otro, el que se perdió y es un imposible. El deseo es la elipsis que forma el hilo atado a la carnada y ésta al anzuelo, la que será tragada por el pez que será a la vez carnada para el pescador. Una carnada es la tentación. Se expone el amor para sacrificar el deseo: éste llega y se va, queda sólo el imaginario, el espacio donde estuvo.

La mujer es la carnada de alguien que un poco más allá escribe una historia. La mujer es su propia carnada porque el escritor maduro, el que la lleva a la casa de campo, ha ido a ejercer la imaginación: el sexo sólo está en la carnada, en la mujer que usa el deseo porque lo perdió en un otro anterior.

 

2.-

En el principio fue el deseo. El deseo engendró el verbo, que engendró la pareja, que engendró la isla. La isla fue el paraíso, cita Santaella a Julieta Campos. El personaje femenino de Carnada es el deseo, pero quien la engendra en el presente es el verbo de otra realidad. Sus piernas, su vientre, el sexo, se exponen en una vitrina que no culmina en pareja, en isla. El desamor en la mujer es motivo para acariciar el suicidio, una decisión pensada, ilusionada.

Esta noveleta de Goldberg, mención de honor de la Bienal Literaria “Miguel Ramón Utrera” (Secretaría de Cultura de Aragua, 1997), fue armada con fogonazos de imágenes, poemas y diarios que hacen el cuerpo de una historia oscura, como el mismo personaje que transita por la anécdota. Los referentes de esta historia están en la pérdida, el abandono, la búsqueda permanente de la isla:

una pareja posible, el lugar del paraíso, la utopía, el sueño crudo que reduce la capacidad amatoria y la transforma en la ilusión de la muerte.

En este caso, la pareja no se insulariza porque cuenta el final del amor, la muerte del amor. El deseo, en decadencia, postula un ambiente donde el fracaso cierra la relación. El amor queda en Lo escrito, es decir, en lo soñado. Un epitafio sella la página.

 

3.-

Supe del año nuevo por el ruido infernal de ese afuera al que no estuve invitada. Supe de doce campanadas, fuegos artificiales y carros apresurados en la avenida. Alguien me hubiera dado un abrazo. Lejos. En este fragmento la soledad de un hotel completa el abandono. Es como una muerte en la que el recuerdo de distintos fracasos se acumula para dar paso al vértigo, al desgarramiento, a una escritura sobre la piel.

De haber sabido que el hallazgo definitivo de la palabra es el silencio, no hubiera iniciado jamás esta rotura. Me habría crecido en la perseverancia de la sed. Con el estómago rajada del susto.

En el principio fue el verbo. Éste, muchas veces mata el deseo, el amor. Luego, el silencio.

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