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María Clara Salas, CANTÁBRICO

Posted by Carmen Cristina Wolf en diciembre 8, 2008

   

 Por Alberto Hernández

1.-
Los astros y los hombres, la vida de los primeros, no la de quienes respiran en la tierra, los angustiados, los reposados, los que con Matthew Arnold se revelan en la poesía como una crítica de la existencia. Desde esta premisa, desde “El poeta de Recanati/ contempla el espacio// Conoce muy bien/ la vida de los astros/ no la de los hombres…”,
Leopardi, el mismo de Miscelánea del pensamiento, se pasea por estos versos para hacerse el Otro, pese a la distancia. O desconocerse.
Un lugar, una línea geográfica, un clima, la temperatura metafísica de Pirrón de Elis, dispensado por el dogma del escepticismo. Dos solitarios, entonces, en estos primeros versos de Cantábrico (Taller editorial El Pez soluble, Caracas 2003), de María Clara Salas.
La lectura delinea a quien se allega a estas páginas: “Si escoges morir/ prefieres/ y eso no es/ lo que predica/ la santa indiferencia”. Entonces, quien lee, vertebra el escepticismo de una segunda persona agitada por el polvo del desierto, en una ¿felicidad? que se apresta a la risa:

Cuando tú
algún día
leyendo el criptograma
descubras el origen de la momia
y atravieses Egipto con los ojos
soltarás la risa
como prueba
de lo poco serio que es el amor

Cuando empieces a rescatar
el cuerpo
con los debidos cuidados
y leas la historia
enrollada en el papiro
volverás a reír
sólo la risa
es digna de repetirse
muchas veces

¿Qué no se cree, el paisaje que los ojos atrapan durante la travesía? ¿A quién apuesta ese viajero que no conoce el carácter festivo del amor? Denso en su andar, el poema se decanta en la insistencia del sonido que ocupa el silencio de los muertos, ese que las momias, el silencio, ofrece en medio de la quietud de los médanos árabes.

2.-
La poeta duda, sufre un extravío. Viaja y se pierde: una épica personal designa el no-lugar (parecido al olvidado por el flaco caballero de La Mancha), pero sabe trazada la ruta que habrá de tomar, aunque desconozca el destino. El tiempo también hace lo suyo, borra y se extiende.

Correlato: el cuerpo y el espíritu se detienen en un lugar y a un tiempo no determinado.

“No hace falta saber/ a dónde vamos// Las sombras de las hojas tejen/ el borde del camino// Somos viajeros sin meta/ nos detenemos/ en lugares donde la sed/ nos detiene// Hacemos alto/ a cualquier hora”.

La coherencia temática nos advierte de una línea invisible por donde se conduce la poeta, la viajera de estos poemas cantábricos, cercanos al mar, al inmenso desierto marino, próximos al suelo mitológico. La ceguera empuja a la adivinación, a los poderes proféticos perfilados por Apolo en la carne invisible de la Sibila de Cumas. En algún lugar de esa costa, de esas montañas, María Clara Salas siente esos pálpitos, esos augurios. De allí “el lado oscuro”, las presencias malignas, la búsqueda de la vida a través de la “reconciliación del cielo y de la tierra”.

3.-
Como Anteo, quien escribe baja a la tierra, regresa del tiempo y de los astros, de esos sonidos anclados en la magia, en la sabiduría de la sombra, y se asienta en las calles, en el estadio donde la gente se hace colectivo, grupo, rostros sin cédula de identidad: “Cuando alguien/ pretende negar/ el lado irracional del alma/ me arrojo en una de tus calles (…) El paso se acomoda/ a la luz/ de otros rostros/ lentamente/ a la guarida/ se vuelve”. ¿A cuál guarida, a la cueva de la prehistoria o a la caverna platónica?
Por estas páginas también la Biblia: la mujer de piedra, la de Lot, la estatua de esos días de fuego celestial. Nos traduce la permanencia, el silencio de quien recibió “semejante castigo”.
La realidad, tan presente: “Tropezamos con la realidad/ y nos sentimos heridos”. Las mujeres, la ciudad que lo contiene todo, el mundo y sus tribulaciones: “La esperanza es demasiado ágil/ para nosotros”.

4.-
La poesía –“crítica de la vida”, como afirma Arnold- se anota en un espacio para alcanzar el nombre de un lugar: Zarauz, en la costa de Guipúzcoa, donde la villa se convierte en fiesta, en orfandad nobiliaria, en densidad de olvido:

Retrocedo a las columnas de agua
del Cantábrico

a las playas perforadas
por la lluvia
al vals Mefisto

en aquel mirador de la casa de Zarauz
visitado también por la reina sin hijos

Algas y peces
subían
del mar
lecturas
propiciaban encuentros
gris
la piel descubre
sus olvidos.

5.-
Los signos de rotación de este bello poemario no tienen nada que ver con la desmesura. Amplían sus argumentos mediante la presencia de quienes se trasladan desde la memoria, desde viejas lecturas, antiguas felicidades íntimas. Novalis “en lo oscuro/ guarda/ su rostro”. Lynch “resuelve/ en la crispación de aquella mano/ su teoría…”, y “el destino/ nos sella”. Retorna a los personajes que cualquiera podría conseguir en las calles ya avistadas: Safo de Lesbos, mejor Clodia la bisexual, y así Propercio, el mismo Sexto Aurelio, el elegíaco: “Por favor/ no perturbes más el descanso/ de mis vecinos/ o acabarás con la paciencia de todos”. Pasado en el presente. La orgía de la memoria.
Quedan muchas imágenes, aventuras que corren por la sangre: La casa, los familiares, los rincones donde abundan los muertos, los “espíritus de mi raza/ mujeres guerreras/ vendrán a buscarme”. Un lugar, Tonoro, donde se reunían para el “rito sagrado”. De allí que sea “insoportable/ lo irreal”.
Penélope, la tejedora, la desbaratadora de la labor, comienzo y fin de la espera. El tiempo, el enigma de un sustantivo, Rosebud, mito de la pantalla en el trineo del ciudadano Kane. ¿Quién habrá quedado en el Monte Urgull de San Sebastián, agitado por el mar, por las alas de la memoria? Recuerdos cantábricos, poemas cántabros.

6.-
Una segunda parte se aleja de la costa española y entra airosa en Elí Galindo, en San Sebastián de los Reyes, en el barco fantasma que aún navega en las viejas casas del pueblo aragüeño. Un poema que desnuda el amor, que plena la reciedumbre del afecto:
“Lo más sensato/ es el silencio// de nada sirve/ hablar/ Cuando somos explícitos/ la confusión/ es mayor// Mejor decir/ tenemos tigres en los ojos/ nuestra piel es una habitación sin armas// La sed requiere lo fugaz/ tender las manos/ a las nubes/ obedecer las instrucciones del viento”.

Dos versos sellan la creencia de que “alguien”, ese alguien amado, está instalado en el espíritu de los cercanos a Elí: “La belleza de los estagiritas/ no fue hecha para ti”. Dice de los santones aristotélicos, los del más viejo cristianismo, los que vagaban por el desierto, en la imagen de quien camina “de un lado a otro”.

En esa traslación, en la tierra movediza del poema, María Clara Salas retorna a la región de güetaria, la de Juan Sebastián Elcano, para recuperar “tus fuerzas”. Allí le fue devuelto “el candelabro de oro”.

Y así Tres elegías, la última parte del libro, donde abrevan la tristeza, el recuerdo. ¿Quién se pasea por este dolor casi inadvertido?: “las idas y venidas/ de tanto afecto/ sobre tus hombros”.

Alberto Hernández. Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Tiene un postgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999). Reside en Maracay, estado Aragua, Venezuela, donde dirige el suplemento cultural Contenido, que circula en el diario El Periodiquito.

 

 

El baño, Touluse Lautrec

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